Gotzon Arrizabalaga

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(Lezo, 1961)
Profesor de Ontología y Filosofía de la Música de la Universidad del País Vasco. Doctor en Filosofía por la UPV. Director de orquesta del Conjunto Barroco de San Sebastián. Director Musical del Concerto Donostiarra. Miembro del gabinete técnico del Orfeón Donostiarra. Traductor de Aristóteles y Hegel.

Diálogo en el XVII Encuentro M-F

En defensa de la dignidad humana: Un concierto de libre improvisación

Carmen Morales, pianista

A modo de metáfora se intenta reflejar cómo mediante la refle- xión musical, la escucha y el desarrollo paralelo del lenguaje y la técnica mu- sical constante que realiza el improvisador es posible crear un evento musical que ponga en valor la importancia de salvaguardar la dignidad del ser humano, las características que le son propias.

El improvisador se enfrenta al hecho musical de manera muy diferente al que lo hace el intérprete ejecutor. Para empezar, su instrumento no está definido, no viene con instrucciones de uso o con una forma predeterminada de utilizarse. El improvisador aprende a tocar su instrumento a la vez que lo va definiendo. Este proceso de construcción se sustenta en base a numerosos modelos y no a uno solo, como viene predeterminado por norma general en la música clásica.

El impulso del improvisador es una suma compleja de fuerzas en las que, combinando sus gustos, su memoria y su imaginación musical, toca lo que quiere tocar, pero, a su vez, lo que necesita tocar (sobretodo si toca con otros) y, también, lo que su propio instrumento le sugiere.

La situación global actual generada por el irrupción del virus COVID-19 nos ha rebelado las grandes desigualdades generadas por nuestra sociedad, así como nuestra fragilidad ante la naturaleza y nuestra percepción equívoca de concebirla como una especie de ente bondadoso (que tampoco malvado).

Ante esta situación de crisis en casi todos los ámbitos que atañen al ser humano y a su sociedad, se abren espacios para la reflexión y la puesta en valor de conceptos, ideas y nuevas formas de afrontar la realidad que quizás palien el daño que la sociedad hace sobre la propia naturaleza del ser humano.