De la exploración de la materia a la intuición topológica

VÍCTOR GÓMEZ PIN 

(Un technites de nuestro tiempo). El término griego technée designa tanto aquello quenosotros designamos por la palabra “artesanía”, como lo que nosotros designamos con la palabra “arte”; technites es en consecuencia tanto el artesano como el artista. Hay que precisar que la vertiente artesano del technites de Aristóteles designa ya a alguien que conoce las causas, conoce por ejemplo los rasgos distintivos de los materiales que trabaja. Sabido es que Eduardo Chillida no se aventuraba en la exploración de un material más que con escrupuloso respeto de su interna estructura, su densidad, su resistencia… siempre atento al espectro de sus posibles formas, empezando por su potencialidad metamórfica. Pero a partir de su observación de la materia y de su fidelidad a la esencia de cada material, Eduardo Chillida llega a extraordinarias conclusiones en relación al lazo mismo entre la materia y el espacio, conclusiones que le convierten en una suerte de intuitivo geómetra no euclidiano. Es en ello análogo a un físico que partiendo de la experimentación acaba por cuestionar los cimientos del mundo en el cual precisamente tiene lugar la experimentación.

Materia y metamorfismo

Permítanme que empiece con una referencia que de entrada podría parecer alejada del
tema: Si los paleontólogos se apoyan en la genética, los genetistas y biólogos en general, que andan a la caza de signos que aclaren el origen de la vida, encuentran en la geología un aliado impagable. Pues en efecto la mayor evidencia que se tiene de la existencia de vida en la tierra la proporcionan los fósiles denominados estromatolitos. Se trata de laminados fragmentos de roca en forma cónica o de campana, formados por los depósitos calcáreos de microorganismos. Se sabe que los microorganismos son susceptibles de sobrevivir en ambientes ingratos, en los que la salinidad o el clima harían difícil la emergencia de animales o plantas. Pero los estromatolitos ( de stróma, lecho, lugar de reposo, y litho, piedra) se basan en microorganismos muy elementales y realmente arcai- cos. Y en este último punto empieza un interesante problema.

Dentro de lo arcaico hay enormes matices. Está científicamente aceptado que en Pilbara, Australia, y en Barbeton, Sudafrica, hay sedimentos que datan de 3500 millones de años, y que durante un tiempo fueron considerados como las más antiguas trazas de vida. Sin embargo hace unos años se descubrieron en Groenlandia unas inserciones de grafito en rocas que datan de 3800 millones de años. Estas inserciones se pensó que eran atribuibles a la presencia de microorganismos, dado que el grafito a presiones y temperaturas bajas es la forma estable de la materia orgánica, con lo cual la vida remontaba tres mil años en el tiempo…Y sin embargo:

La hipótesis de los 3800 millones de años ha de ser tomada con prudencia en razón de algo que traería fascinado al escultor Eduardo Chillida, a saber, que la materia orgánica, con la estructura de grafito a ella asociada, puede formarse de una manera exclusivamente mineral si se dan las condiciones de temperatura y presión que posibilitan el metamorfismo. Ahora bien, como señala el científico francés Pascal Philippot, las rocas de Groenlandia en cuestión son muy metamórficas, por lo cual es prudente no apoyarse en ellas para retrasar la fecha de trazas de vida.

El metamorfismo no es exactamente la metamorfosis que caracteriza más bien a los seres vivos (el surgimiento de la mariposa a partir de la oruga es un ejemplo canónico), pero la frontera conceptual no es excesivamente clara, entre otras cosas porque el salto mismo a la vida es como un puente entre ambos procesos.

En cualquier caso el metaformismo es algo suficientemente interesante como para que del precursor que constituye la porosa caliza resulte el mármol (y por mediación del mármol… el Taj Mahal).Y si evocaba a este propósito a Eduardo chillida es porque el escultor no se aventuraba en la exploración de un material más que con escrupuloso respeto de su interna estructura, siempre atento al espectro de sus posibles formas, empezando por su potencialidad metamórfica.

Hace unos años cuando se celebró un homenaje a Eduardo Chillida en San Sebastián, leí por la mañana en el Diario Vasco una entrevista con un carnicero, creo que de Tolosa, para quien la primera condición de la práctica de su oficio era conocer el material, en este caso la carne, y en consecuencia, no violentarla, no cortarla aleatoriamente, sino siguiendo sus vetas, recovecos y pliegues; tarea que podía incluir el señalar al cliente como tenía que tener en cuenta todo ello en el momento mismo de la brasa.

Asocié a Eduardo Chillida con este carnicero tolosano y no creo que él me lo hubiera reprochado. Pues como este hombre, Eduardo Chillida era desde luego un artesano: Le forgeron le llamó el gran epistemólogo Gaston Bachelard en un texto de la galería Maeght no excesivamente pregonado. Pero sin duda Eduardo Chillida era un artesano singular, un artesano que respondía íntegramente al término technites con el que Aristóteles designa al animal humano, pura y simplemente al animal humano.

Estoy evocando el texto fundamental de Aristóteles al respecto, que no es otro que esa perfecta síntesis de su pensamiento filosófico sustentado en su trabajo de biólogo que son las primeras líneas de la Metafísica, y que por cierto tuve ocasión de comentar con Eduardo Chillida en el momento en que realizó para el Congreso Internacional de Ontología ese admirable cartel que lleva el título de PHYSIS.

(…)

Techne y esencia del hombre

TODOS los humanos, en razón de su propia naturaleza, desean el saber. Indicio de ello es el placer que los sentidos nos procuran; pues incluso cuando su ejercicio no es de utilidad alguna, nos complacemos en que estén operativos, y ello es particularmente cierto tratándose de la vista. En efecto, no sólo en los casos en que la vista es útil para un objetivo, si no también cuando nada pretendemos hacer, preferimos ver a cualquier otra cosa; la razón estriba en que, de entre todos los sentidos, es la vista la que nos proporciona mayor percepción de diferencias en las cosas que a nosotros se ofrecen.

En razón de la naturaleza de los animales, éstos nacen con capacidad de tener sensaciones; en algunos de ellos la sensación llega a generar memoria, mientras que en otros esto no ocurre. Los dotados de memoria son más cautos y prudentes que los incapaces de recordar. Tal prudencia se da incluso entre animales desprovistos de capacidad auditiva, más cuando esta última se añade, entonces el animal adquiere cierta capacidad de aprendizaje.

Así pues, los animales diferentes del hombre viven con imágenes y recuerdos y ello les proporciona ya, en pequeño grado, la capacidad de tener experiencia. Pero en el vivir de los humanos cuentan además como ingredientes el conocimiento técnico (techne) y la capacidad de hacer razonamientos (logismois).

Tratándose de la vida práctica, la experiencia no tiene menor valor que el conocimiento técnico, y el hombre con experiencia tiene más éxito que el que domina la teoría pero no tiene experiencia. Y sin embargo todos pensamos que el conocimiento y la intelección son cosa más bien del técnico y que éste es más sabio que el mero hombre de experiencia, y ello en razón de que conoce la causa, la cual el primero ignora.

…Y así, cuando las técnicas proliferaron, unas al servicio de las necesidades de la vida, otras con vistas al recreo y ornato de la misma, los inventores de las últimas eran con toda justicia considerados más sabios, dado que su conocer no se subordinaba a la utilidad. Mas sólo cuando tanto las primeras técnicas como las segundas estaban ya dominadas, surgieron las disciplinas que no tenían como objetivo ni el ornamentar la vida ni el satisfacer sus necesidades, Y ello aconteció en los lugares dónde algunos hombres empezaron a gozar de libertad. Razón por la cual las matemáticas fructificaron en Egipto, pues la casta de los sacerdotes no era esclava del trabajo.

Siendo la Techne tanto aquello que nosotros designamos por la palabra “artesanía” como lo que nosotros designamos con la palabra “arte”, technités es en consecuencia tanto el artesano como el artista.

La vertiente artesano del technites de Aristóteles designa ya un ser singular, pues es un ser que conoce las causas, conoce por ejemplo la estructura topológica de los materiales que trabaja, así como su densidad, su resistencia…conoce en suma todo aquello a lo que Eduardo Chillida estaba muy atento y que llevó a la Escuela de Ingenieros de la Universidad del País Vasco a amparar desde esta institución su nombramiento como Doctor Honoris Causa. En este sentido, el artesano Eduardo Chillida (ese al que apreciaban sobre todo sus compañeros en las fraguas donde se doblegaba el material).

Y además está la vertiente artista de ese technites, asunto sobre el que seré muy prudente en razón simplemente de que determinar lo que es el arte constituye la tarea quizás imposible de la razón cognoscitiva, asunto sobre el que remito al discurso literalmente insuperable que constituye la kantiana Crítica de la Facultad de Juzgar. Un herrero, Eduardo Chillida que trasciende su condición de artesano por su cercanía a ciertas preocupaciones de Heidegger, cabría decir: preocupaciones concretamente relativas al espacio. El arte y el espacio desde luego, más también… “la ciencia y el espacio”, aspecto sobre el que centraré ahora mi reflexión.

(…)

Artículo extraído de “Escritura e Imagen” VOL. 10, Número especial (2014): 189-197

Artículo completo:
https://search.proquest.com/openview/72c9d7911cac4a08a435b8664989c636/1?pq-origsite=gscholar&cbl=54832

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